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"Un viaje a Portugal", texto de Manuel Murguia de 1861

Recollemos hoxe en Tudensia un texto de Manuel Murguia publicado na revista madrileña “El museo universal”, editada entre 1857-1869, e que recolle a crónica dunha breve visita ás cidades irmás de Tui e Valença do Minho, anos antes da construcción da ponte internacional e cando ambas localidades vivian nunha conxuntura de certo estancamento: Tui tras a perda da capitalidade provincial non lograba superar aquela crise, namentras que Valença pola sua condición de enclave militar tampouco podia desenvolver outras das suas potencialidades. Anotar, finalmente, que cómpre ler este escrito de Murguia no contexto tanto histórico como historiográfico daquel momento da segunda metade do século XIX para comprender axeitadamente as súas afirmacións.

"Transbordo en Tui" en "La Ilustración Española y Americana"
año XXX, nº 15, de 22 de abril de 1886 en
"La Comisión española de Panamá: apuntes de un viaje"


UN VIAJE A PORTUGAL

Una mañana de octubre, en la que la lluvia caía a torrentes, salimos de Vigo aún bien no asomaba el día, un amigo y yo con ánimo deliberado de hacer lo que se llama un pequeño viaje, que no debía durar más que lo que durase aquel día lluvioso y tiste.

Rodó la miserable y destartalada diligencia por la carretera: la primera claridad de la mañana vino a herir los grandes álamos de la orilla y el viento fresco y húmedo que pasaba seguía llevando en sus alas el ruido del carruaje, el de las campanillas de los flacos rocinantes y la aguardentosa voz del zagal, que haciendo su cigarro con la mayor calma del mundo seguía a pie la perezosa marcha de la diligencia.

Poco a poco las grandes y pesadas nubes fueron deslizándose sobre el horizonte y la luz del sol iluminó tibiamente la llanura montañosa que atravesábamos.

Confieso francamente que me agradaba aquella vasta extensión, áspera, deshabitada, triste. Grandes montañas azules la cerraban hacia un lado, mientras que al naciente los rayos del sol atravesando la niebla coronaban con una plateada aureola las cumbres portuguesas:

- ¡Allí está Portugal ¡, me dijo mi compañero.

Y yo asomé la cabeza a la ventanilla del carruaje, aspiré aquel viento fresco y lleno de agrestes perfumes, que gemía sobre la vasta soledad y fijé la vista en el horizonte en donde se destacaban silenciosas y heridas de la primera luz las montañas de un reino estranjero.

Un sentimiento de dulce admiración llenó mi alma ante aquel espectáculo de la naturaleza; además en confuso tropel vinieron a mi imaginación pensamientos á que la palabra se niega a dar forma.

Nada en verdad más hermoso que aquel paisaje.

Una menuda lluvia caía de cuando en cuando y el sol brillaba tibiamente entre las gotas cristalinas; la tierra húmeda, las plantas rastreras que cubrían la parda llanura, que iba oscureciéndose y azulándose conforme se alejaba, los grandes charcos alrededor de los cuales se levantaban los álamos que aún conservaban sus hojas; las roturas del terreno que lo manchaban con sus tintas de ocre, la montaña azul, enhiesta, que se lanzaba a las nubes, algunos pinares que destacaban en el horizonte sus oscuras ramas, nubes pálidas y desteñidas que pasaban como pájaros que emigran a toda prisa y, por último, el viento húmedo y gemidor que traía en sus alas tantos ruidos y tantos perfumes, hé aquí tal como la palabra puede pintarlo, el gran paisaje que se desarrollaba ante nosotros.

Mi compañero que viviera algún tiempo en Tuy, me servía de cicerone.

- Hé allí –me dijo- las montañas donde estuvo Tuy primitivamente. Si nuestro viaje durara más, iríamos á sentarnos, como el viajero que recorre el Asia, sobre las ruinas de la antigua Tyde, la ciudad bien amada de los príncipes godos.

-Efectivamente –le respondí-siento que el poco tiempo de que dispongo no me permita visitar esos lugares, en donde estuvieron el palacio y los jardines de aquellos príncipes que venían a Galicia á aprender la más difícil de las ciencias, la de gobernar a los hombres con justicia y mansedumbre. Siento también no poder evocar la acongojada sombra de aquella Lud, mujer infeliz a la que un loco amor y la irreflexión de un joven manchó la pureza de su sangre, aquella sangre de héroes, que corría por las venas de Pelayo, pero ¿que hemos de hacer?. Vengo á ver estos lugares lo mismo que una mujer curiosa, tengo deseos de ver si el Miño, ese río que da sus aguas a dos reinos, comprende algo de su extraña misión, y se desliza entre sus dos orillas de otro modo que esos riachuelos vulgares que corren entre prados sirviendo de límite a dos pobres pedazos de terrenos que pertenecen a hambrientos campesinos. Además quiero saber como resuena en el corazón el ruido de nuestros pasos en una nación estraña. En fin, estoy empeñado en ser alguna vez estranjero, aunque esto no sea más que por una hora.

-Se pues –me respondió- esto es lo más fácil, y por la noche no dormiremos en España, sin haber estado en Portugal.

-Sea en buena hora, ese es mi deseo; me han ponderado de tal suerte la hermosura de las orillas del Miño a su paso por Tuy, que no quiero alejarme de estas riberas sin gozar, si quiera un momento, de su encantadora belleza.

Mientras hablábamos y mi compañero fumaba filosóficamente su cigarro, la diligencia adelantó lo bastante para que se presentasen a nuestra vista las dos ciudades fronterizas, que desde lejos á la primera hora y envueltas entre la niebla del río, parecen una sola ciudad.

Ya sabéis lector, cuanto miente a los ojos del poeta la niebla que se levanta de la hondonada, y á la que baña débilmente la floja y desteñida luz de la aurora. No sé por qué, había creído que Valenza era una ciudad antigua, de estrechas y desiguales calles, y en cuyas plazas se levantarían algunas de esas góticas iglesias cuyos campanarios se esconden entre las nubes, y advierten al artista viajero que pasa de largo, que hay allí algo que admirar. Contribuía a dar carácter de verdad a este pensamiento la vista de la catedral de Tuy, teatro de las sangrientas revueltas populares de los siglos medios, y cuya almenada fachada da a entender bien claramente el papel que sus dueños representaron en aquellas tristes jornadas. Nunca en verdad me había acercado a una población que se presentase á mis ojos más llena de poesía; la niebla, el rayo de luz que la iluminaba, la distancia, la imaginación que le prestaba encantos que no tenía, me hicieron soñar en plaza portuguesa una ciudad alemana, a orillas de un gran río, y levantando al aire las cien agudas torres de sus iglesias y de sus feudales palacios.

A tiempo que nos acercábamos á Tuy, las gentes de las aldeas vecinas acudian al mercado, y el sol rompiendo por fin su cárcel de nubes, inundó alegremente las hermosas campiñas que rodeaban la antigua ciudad.

Entonces pude ver todo bajo su verdadero aspecto.

Deslizase el Miño en el fondo del estrecho valle que se tiende al pie de dos cordilleras de montañas, derivación de los Pirineos, con la cual se enlazan las del reino de León.

En una orilla y sobre una eminencia, se levanta Tuy; en la otra y en una altura, Valenza desde lejos parece que un puente colgante echado sobre el río uniría ambas ciudades.

Tuy se presenta a la vista del viajero como un pequeño anfiteatro; las casas parecen trepar por la colina, y la Catedral, templo y fortaleza a la vez, se levanta, en medio, y domina, como un gigante y fuerte castillo, la ciudad y la campiña. Valenza por el contrario estiende su larga cinta de fortificaciones y parece mirar con la mayor indolencia desde su altura, como rompe débilmente sus ondas el Miño en las empalizadas de la orilla.

Cuando entramos en Tuy y atravesamos el mercado, tuve ya ocasión de notar como nuestros campesinos y los campesinos portugueses se diferenciaban bastante, no en sus largar arracadas de oro que ostentaba la pálida portuguesa, no en el dengue de grana con que la fresca aldeana de los alrededores de Tuy cubría su seno, sino en el ceceo meloso del idioma portugués.

Mi mayor deseo era visitar la Catedral: por lo mismo tan pronto como pude atravesar el pequeño pero animado mercado, me dirigí a ella no sin que me llamasen la atención sus altas y almenadas paredes, que más tienen de fortaleza feudal que de templo. Entré...; pero en verdad lector que no quiero molestarte con una descripción de la Catedral de Tuy, y que me contento con que sepas que pertenece al género gótico y que sin duda alguna desde su terrado se dispararon las piedra redondas con que el buen obispo Don Diego de Muros solía recibir á las gentes ruines y desalmadas (así lo dicen las crónicas), que capitaneaba el muy alto y poderoso Conde de Camiña.

Después de recorrer las pequeñas naves de la Catedral y de visitar su claustro, gótico también, salimos. Mi compañero iba delante, yo le seguía por las estrechas calles de la población; y como si acudiéramos a una cita amorosa, nos alejamos a toda prisa por la calzada que se dirige al río.

Nada en verdad más pintoresco; de un lado las pequeñas posesiones encerradas en las blancas tapias sobre las cuales los naranjos en fruto echaban sus ramas olorosas, las vides, los árboles frutales, las rosas de otoño que se deshojaban al paso del viento; del otro los campos cubiertos de yerba, los maizales a medio recoger, los ganados pastando a orillas del arroyo; hé aquí el paisaje. Un rayo de sol lo alegraba; los que como nosotros se alejaban también, llenaban el aire con sus cantos. ¡Oh, Dios mío! ¡Cuan armoniosos y frescos!

Una hermosa y joven portuguesa cantaba aquel aire de su patria:

Tenho no meo coraçao

Duas feridas mortaeis

Y todos nos íbamos acercando a la silenciosa orilla del Miño, ese rey de los rios de esta Galicia bien amada de sus poetas.

Sin dificultad nos acercamos al embarcadero; unas cuantas barcas estaban atracadas á aquella orilla fangosa; en una de ellas, una portuguesa de más de cuarenta años y cuyo traje hizo asomar a mis labios una sonrisa involuntaria, estaba sentada aguardando con impaciencia que llegasen mas pasajeros.

Cuando pusimos el pie en la barca, esta empezó a moverse silenciosamente y mientras se deslizaba sobre las ondas que brillaban al sol, pude examinar a mi sabor la embarcación y al marinero. Al ver a aquel hombre flaco é indiferente, cuyo color y cuyo ropaje tenían el tinte amarillento de la miseria, al ver aquella barca sucia, endeble y estrecha, y aquel único remo débil y de una forma peculiar, comprendí al momento el desprecio con que los marineros miran á los que llaman marineros de agua dulce.

Pero en medio del río, frente a las dos ciudades, viendo a ambos lados las más hermosas campiñas ¿quien pensaría un momento más que en admirar tanta hermosura?

¡Río cuyas ondas, perezosas hoy, se arrastran a veces impetuosas e inundan ambas riberas, cuyos árboles, sombrean tus orillas y perfuman tus aguas! ¡Horizonte estrecho en donde la superficie azulada parece despeñarse sin ruido á un abismo eterno! ¡Hermosas y elevadas colinas en donde el hombre del campo tiene su vivienda solitaria! ¡Cañadas silenciosas por donde el Miño estiende uno de sus brazos! ¡Playas ignoradas! ¡Verde plantíos, débiles estacadas de pequeños arbustos en donde el rio rompe débilmente sus ondas y vosotras ¡oh, Tuy! la ciudad de los recuerdos, ¡oh, Valenza! ¡orgullo de tu patria, salud de todos!...

El silencio y la soledad nos acompañaba en nuestra correría, el río estaba tranquilo, el cielo sereno, el aire tibio y el sol hacía brillar las ondas; puedo asegurar que nada he visto hasta ahora que pueda compararse a semejante paisaje. Atravesamos silenciosamente el río; un golpe más y pusimos el pie en suelo estranjero.

Nada en verdad más agreste, más solitario y patético que aquella entrada. Grandes álamos sombreaban el embarcadero, y la destruida calzada presentaba el aspecto de un antiguo camino olvidado, por el que nadie atravesaba; pero tan pronto como torciendo a la derecha, entramos en la vía que conduce a Valenza, la soledad se hizo mayor y ningún ruido turbaba aquel misterioso silencio. Como había llovido por la mañana, los álamos del camino y los arbustos y las yerbas que crecían á las orillas brillaban como diamantes. Algunas gallinas buscaban su comida entre los guijarros de que estaba empedrado el camino y en todo el no hallamos ni un solo hombre, ni más que una pequeña casa, con todo el aspecto de una taberna.

De pronto vimos levantarse ante nosotros las severas y negruzcas murallas de Valenza y mi compañero esclamó:

- ¡Ya estamos!

Entonces pude admirar aquella soberbia fortaleza, y sentándome al pie de un sauce que crece á la entrada fueme fácil examinar aquel alto y severo lienzo de granito, que la humedad ennegreció lentamente y pensar como el débil lusitano queriendo defender su nacionalidad, tuvo que levantar esas fuertes murallas, pues en verdad España debías serle un enojoso vecino, del que siempre debía desconfiar.

Atravesamos los sombríos pasadizos húmedos y fríos; la bóveda agrietada mostraba a las claras las injurias del tiempo y los centinelas nos miraban pasar con cierta curiosidad llena de orgullo, cuyo inocente pecado les perdoné de todo corazón. ¡La ciudad! Figuraos una larga calle, estrecha, que sigue y se interrumpe según las fortificaciones, y ya tenéis idea de Valenza según yo la he visto, en aquellos momentos. Eran las doce de día, nadie atravesaba las estrechas aceras, el sol parecía bañar una de nuestras más pequeñas y desiertas villas; tal era el silencio y la soledad que reinaba en la población. De cuando en cuando pasaban algunos soldados, unos cuantos niños jugaban en medio de la calle, nosotros pasamos y nos dirigimos a la Glorieta.

Desde ese punto disfrutamos de la más hermosa perspectiva, pues sentados al lado del grande e inútil cañón que significa una amenaza contra España y en tanto que el centinela daba sus pequeños paseos en torno nuestro, pudimos gozar nuevamente y más a nuestro sabor de aquellas vistas admirables. No haré aquí su descripción, porque el campo que descendía hasta la orilla, el río que se deslizaba, la orilla opuesta, las hermosas quintas y jardines, y finalmente Tuy que desparrama sus casas sobre la colina, todo lo hemos descrito ya; sin embargo, nos falta añadir que desde la Glorieta es únicamente desde donde se abarca en toda su estensión y con todos sus accidentes tan precioso paisaje.

Allí oí asegurar que nada son las orillas Ródano ni sus olas impetuosas, para aquellas orillas solitarias y para aquellos campos florecientes.

- A disponer de más tiempo –me dijo mi amigo- visitaríamos estas ignoradas riberas. Puede tenerse por seguro que una cacería de patos allá abajo en donde el río forma una pequeña cascada es lo más delicioso y poético que pueda imaginarse. –Además, añadió,- el que se sienta con fuerzas para ello, puede venir aquí a estudiar las costumbres de esos barqueros a quienes tanto desprecian los hijos del mar y que, sin embargo, corren continuos peligros. Shakespeare dijo: -¡Pérfida como las olas! y debió decir: -¡Pérfida como los ríos! si quería que su símil fuese completo. Puede asegurase que el novelista hallaría aquí costumbres, paisajes y personajes con que poder rivalizar con Cooper, porque el patrón de una barca ladrona, puede ser el héroe de un libro admirable.

Calló mi amigo y nos alejamos atravesando de nuevo á Valenza y dirigiéndoos hacia las murallas que miran a la campiña de Portugal, que en aquel instante estaba inundada de sol. –Pareciome hermosa y estensa. Cuando me entretenía en mirar el escudo enlutado que campeaba sobre una de las puertas de la edificación, vi aparecer una joven, tipo perfecto de la raza portuguesa.

Ya á la entrada de Tuy me sorprendiera ver algunas campesinas, cuyo pálido y moreno semblante, cuyos ojos negros, cuya nariz afilada y rostro ovalados me daban a conocer otro pueblo diferente del que poblaba la campiña; pero cuando entré en Valenza, cuando mi distraída mirada cayó sobre el hermoso rostro de la joven portuguesa, fue entonces cuando reconocí el tipo que no es común todavía de la otra orilla del Miño. ¡Ah, la naturaleza es más justa que el hombre y para ella nada son todos los odios humanos, todos los intereses de la tierra! Por eso mientras que el dialecto gallego que se habla en Tuy y sus alrededores es casi tan puro como el que se habla en los cercanos puertos, sin que se haya tomado del portugués más que alguna que otra palabra, mientras este último idioma es hablado en Valenza, á lo menos para oídos españoles, como se habla en casi todo Portugal, las razas logran traspasar las fronteras y estender sus limites naturales. Fue esta observación lo más impresionó mi espíritu.

Corto, muy corto, el tiempo que disponíamos para ver a Valenza, pero ¿necesitábamos más acaso? La realidad castigó cruelmente mi imaginación, allí donde creyera ver góticos campanarios y almenados castillos de agudas torres, en fin, arte tal cual le sueñan las almas artístas, no hallaron mis ojos más que las sombrías, macizas y altas murallas de la fortaleza. Dentro... ni una iglesia, ni nada que mereciera llamar la atención del viajero.

En una de las principales calles, vimos un tentador letrero que con letras bastante mal hechas, decía: CAFÉ. Entramos... y lector el título era una hipérbole de nuestros muy amados vecinos. Mientras nosotros mirábamos el vaso de café, como llamábamos por ironía al negro brevaje que nos sirvieron y comíamos unas cuantas rosquillas de Tuy, un bravo cazador de Oporto, y un campesino pintorescamente ataviado, con su sombrero de alas anchas, su gran capotes y sus botas de montar, comían en otra mesa cercana su arroz afogado y su pan de maíz con un apetito que hacía honor á la comida.

Dejámosles en paz disfrutar de ella y después de echar la última mirada a nuestro vaso de café, que dejábamos intacto, salimos. Un momento después, Valenza, con sus negras y largas fortificaciones se levantaba sobre la altura y nosotros la saludábamos desde la barca que debía traernos á nuestra patria.

Volvimos a ver el mismo paisaje, el sol iluminando las aguas, el río deslizándose tranquilo, el aire suave azotando nuestras frentes; desde la barca pudimos ver de nuevo la poética colina sobre cuya cumbre desparrama Tuy sus casas. En medio de ellas, como un gigante se levanta la almenada torre de la Catedral, destacándose poderosa sobre el azul purísimo del cielo. Por la avenida se acercaban los campesinos portugueses que volvían a su patria; nosotros también, tocando la barca suavemente en el fango de la orilla, volvimos a poner los pies en tierra de España.

Manuel Murguía

El Museo Universal, nº 14, Madrid, 7 de abril de 1861

Comentarios

  1. É moi interesante dar a coñecer estes textos antigos, e máis cando se trata de Murguía. Clodio González Pérez

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